Un altercado de hace un par de meses atrás.
Lo sucedido le corresponde a una amiga quien una fresca noche de 14 de marzo me refirió la secuencia que resume lo que diariamente acontece a través de los pasillos y conductos de los subtes porteños. De una forma sintética y a su vez, si se quiere, cómica.
Se encontraba mi ya mencionada amiga caminando por la estación 9 de julio, en dirección a Carlos Pellegrini de la línea B, a altas horas de un día agitado, 10 de la noche, ponele.
Venia ella muy tranquila, taciturna, desprevenida (recordemos que pocos pasajeros deambulaban por allí a aquella hora de la noche) escuchando música de su BB. Ahora bien, el aparato, consola, se encontraba en el bolsillo de su mochila y los auriculares como ya habrá deducido, conectados a sus oídos. La muchacha suele estar atenta a quien anda por ahí merodeado por las calles, trenes o subtes, pero luego de una mañana de arduo trabajo, una tarde larga en la capital federal y una materia cuyo nombre no lo sé, sin querer se atrevió a llevar su mochila colgada del hombro, sobre sus espaldas (practica que no está acostumbrada a hacer a través de los subterfugios del subtes o trenes por las tan mentadas razones por todos los ciudadanos que no sacamos a los demás lo que no es nuestro, o no nos animamos al menos).
Bajando por la escalinata – serán cuatro, cinco escalones - dejó de escuchar música y se quedó con los auriculares en la mano. “Jodeme que me robaron el celular”, se estremeció. En el bolsillo de la mochila no había nada, el celular ya no le pertenecía. Mucha bronca.
Para cerrar con el breve relato, un joven pasajero que pasaba por su lado intervino ante la indignada mirada de la víctima:
-A mi también me pasaba lo mismo-. Comentó el muchacho.
-¿Cuando eras pelotudo como yo?
-Cuando era colgado; tampoco entendía para donde ir, por dónde seguir.
Ella desconcertada, intervino:
-Pero, ¿estamos hablando de lo mismo?
-De cuando me perdía acá en la combinación! Contestó él.
Perderse en la combinación, irse a Constitución cuando tenes que irte a Congreso de Tucumán; cosas que pueden pasar en cualquier combinación del mundo.
Gracias muchacho por la buena onda pero la impotencia del hurto no tiene demasiado consuelo. La colgadez humana tienes eso: quizás te hace perder en el subte, o quizás el celular; entiendo que hay que manejarlo pero la gente ávida de valor para robar adentro del vagón, afuera en la vía pública, a cualquier hora, en cualquier rincón, a la vista del publico, ya no se puede justificar con la colgadez humana.
La de los punguistas es un arte…
“Soy la mayor proveedora en el mercado negro de celulares” dice mi amiga ya habiendo asumido el hurto, sin más lágrimas, a la noche. Me hizo reir.
Robador de celulares, punguista, o ser que necesita dinero y no sabe qué hacer, usá toda esa energía y meticulosa habilidad para hacer shows de magia, tocar la guitarra o simplemente ir a trabajar, pero no le cagues la noche, tarde, día o semana a un simple y agobiado transeúnte que inocentemente se dio vuelta o quiso darse el “lujo” de hacer lo que es normal (y que para dicho uso está prevista su existencia) con un tradicional objeto como es la mochila: llevarla por cinco minutos en la espalda.
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